Si no te entienden, quizá no lo estás explicando bien
Lo que enseñar animación 3D a adolescentes me enseñó sobre simplificación, comunicación y producto.
En 2002 hice las prácticas del Certificado de Aptitud Pedagógica, el CAP, en el IES La Patacona, en Alboraya. Era el curso de formación pedagógica que entonces se pedía para dar clase en secundaria, y yo lo cursé en la Universitat Politècnica de València, en la especialidad de Artes Plásticas. Fueron unas prácticas breves, pero las recuerdo con mucho cariño, porque allí descubrí que disfrutaba enseñando y transmitiendo lo que sabía.
Venía de Bellas Artes, y mi formación estaba ligada al diseño, la creación digital y el multimedia. Ya tenía experiencia práctica en proyectos visuales y con herramientas de animación tridimensional, y durante las prácticas pude acercar a los alumnos de Plástica a la creación digital y a la animación 3D. Lo que sigue es, en buena parte, lo que he ido entendiendo después, con años de trabajo y ya desde producto.
Enseñar cómo se hace una animación
Muchos alumnos conocían la animación 3D por las películas, sobre todo por las de Pixar, pero no sabían cómo se creaba. Yo trabajaba con 3D Studio MAX y les enseñaba proyectos míos para explicarles cómo se construye una imagen tridimensional, y lo relacionaba con aquellas películas que ya formaban parte de su mundo.
Empezaba por formas sencillas y les mostraba cómo se crea y se modifica un objeto, y que lo que parece una superficie continua es en realidad una malla de polígonos. Después venía el mapeado, que indica cómo se coloca una imagen sobre esa superficie, y con los materiales y las texturas llegaban el color, el brillo y el aspecto de cada objeto.
Luego se montaba la escena con sus luces. Para animar objetos y personajes se usaban fotogramas clave, que son los momentos en los que quien anima fija la posición, el giro o la forma de algo, y el programa calcula los intermedios. Al final, todo acababa convertido en una imagen o en una animación.
Recuerdo su sorpresa y su interés al ver cómo una malla tomaba forma, recibía materiales y empezaba a moverse. Lo que veían como algo sofisticado, lejano y reservado a grandes estudios empezaba a parecerles comprensible y, hasta cierto punto, alcanzable. No pretendía que dominaran un programa profesional en unas clases. Quería abrir una puerta y conectar algo que ya les gustaba con los procesos que lo hacían posible.
Entonces no habría sabido formularlo así, pero aquellas clases me enseñaron algo sobre enseñar. Hay que elegir por dónde empezar, qué mostrar y qué dejar para más adelante.
Saber mucho no es lo mismo que saber explicarlo
Podría haber hablado durante horas de geometría, de coordenadas de textura o de cómo se calcula la luz, y todo habría sido cierto. Pero que algo sea cierto no lo vuelve útil, y quien domina un tema tiende a explicarlo en el orden en que él lo entiende, no en el que necesita quien escucha.
Cuanto mejor conocemos una materia, más fácil es tropezar sin darnos cuenta. Damos por sabido lo que el otro no sabe, usamos un vocabulario que ya no nos suena técnico porque es el nuestro y contamos los detalles antes que el contexto. A veces confundimos precisión con cantidad, o intentamos demostrar lo que sabemos en lugar de ayudar a entender. Con un programa de cientos de opciones, la tentación es enseñarlas todas, cuando para captar la idea suelen bastar dos o tres.
Nada de eso significa que simplificar sea saber menos. Para quitar algo sin que la explicación se rompa hay que saber qué sostiene a qué, y eso solo se sabe cuando se domina la materia. A quien apenas entiende un tema le cuesta simplificarlo, y lo habitual es que lo repita tal cual o se salte partes. Algo parecido ocurre con los productos, donde simplificar también es una decisión de producto.
No todo se deja reducir a una frase, y hacerlo sencillo no significa hacerlo superficial. Decir que un fotograma clave es un momento en el que quien anima fija cómo está algo, y que el programa rellena el resto, simplifica sin falsear. Decir que el ordenador lo anima solo sería trivializar, porque se llevaría por delante justo el trabajo del animador. En el primer caso se quita complejidad de la explicación y en el segundo, de la materia.
Lo que yo enseñaba era una versión muy reducida de lo que ocurre en un gran estudio, que trabaja con otras herramientas y con muchos más pasos. Una versión así solo es honesta si conserva lo esencial, que en este caso era el recorrido de una forma, una superficie, una luz y un movimiento.
La profundidad adecuada depende de quién escucha y de para qué. A quien va a trabajar con ello cada día le corresponde la versión larga, y a quien solo necesita saber de qué va, la corta, y las dos tienen que ser verdad. Simplificar bien consiste en conocer la materia lo bastante para saber qué necesita entender cada persona y hasta dónde llevarla, y en contárselo de forma que le sirva.
Primero, que quieran entenderlo
Antes de explicar cómo funciona algo, conviene conseguir que alguien quiera entenderlo, y eso era lo que intentaba en aquellas clases. En producto solemos hacer lo contrario. Presentamos una solución por lo que tiene, sus funcionalidades, sus integraciones, su tecnología, y acabamos con algo parecido a una visita guiada por funcionalidades. Es comprensible, porque es lo que mejor conoce el equipo. Quien escucha, en cambio, suele tener otra pregunta: qué puede hacer con esto, qué problema le resuelve, qué gana.
No hace falta reducirlo todo a argumentos comerciales. Se trata de unir lo que el producto hace con lo que la persona necesita o valora. Para eso ayuda distinguir lo que hace una funcionalidad, el problema que permite resolver, el beneficio que puede aportar y el contexto en el que ese beneficio tiene sentido.
Pongamos, como ejemplo inventado, un editor con guardado automático. Lo que hace la función es guardar el trabajo cada pocos segundos. El problema que resuelve es que quien se olvida de guardar pierde lo que había hecho cuando algo falla. El beneficio es que puede trabajar sin pensar en ello, y el contexto es el que le da peso, porque importa sobre todo en tareas largas o con una conexión inestable. Con frecuencia la explicación se queda en lo primero.
El mismo producto, contado a cada persona
En clase tenía un solo público. En producto casi nunca ocurre así, y el mismo producto hay que explicarlo a personas que esperan cosas muy distintas de la explicación.
Sigamos con el guardado automático. A ingeniería le importa qué pasa si la conexión se corta a mitad y qué versión gana cuando dos personas editan a la vez. A dirección, qué riesgo reduce y por qué merece más la pena que otras cosas que compiten por los mismos recursos. A ventas y marketing les sirve saber cómo contarlo, a soporte qué dudas pueden llegar, y a quien lo usa le basta con saber que ya no tiene que acordarse de guardar.
No hay un producto distinto para cada persona. Hay uno solo, explicado desde lo que le importa a cada una, y lo que cambia es por dónde se empieza y cuánto se detalla, no lo que es verdad.
Ser claro no significa evitar el lenguaje técnico ante especialistas. Con ingeniería la explicación puede y debe llegar a todo el detalle que haga falta, y el vocabulario preciso ayuda. Se convierte en barrera cuando se usa con quien no lo necesita.
Comunicar también es parte del producto
Es fácil pensar en la comunicación como algo posterior, que llega cuando el producto ya está construido. Una solución puede estar muy bien resuelta y fracasar en su adopción porque nadie entiende para qué sirve, cómo se usa o por qué merece la pena cambiar la forma de trabajar.
En un lanzamiento, o en lo que solemos llamar go-to-market, enumerar funcionalidades no suele bastar. Antes de usarla, la gente tiene que reconocer el problema, entender la solución, valorar el beneficio y fiarse lo suficiente. Por eso me parece revelador el onboarding como herramienta de Product Marketing, el primer sitio donde se comprueba si lo que se contó era cierto.
También ocurre dentro de la empresa. Un Product Manager puede haber hecho un buen discovery y definido una solución coherente, y aun así generar confusión, desalineación o resistencia si no transmite las razones de sus decisiones. Esas razones son contexto, y el contexto no viaja solo.
No todos los problemas de adopción son problemas de comunicación. A veces el producto es difícil de usar, el beneficio no compensa el esfuerzo o implantarlo resulta complicado. La comunicación no arregla un producto que no aporta valor. Cuando el valor existe, en cambio, contarlo bien puede decidir que se entienda y se aproveche.
Que no te entiendan también es información
Cuando algo no se entiende, es fácil decir que los usuarios no leen, que el cliente no entiende la tecnología, que ventas no sabe explicarlo o que dirección no comprende la complejidad. A veces esas frases llevan algo de razón. Antes de aceptarlas conviene preguntarse si hemos explicado el problema antes que la solución y si hemos dado por supuesto algo que la otra persona no sabía.
Hay una pregunta más incómoda, que es si sabemos decir con claridad para qué sirve nuestro producto. Explicar a quien parte de cero obliga a ordenar lo que uno sabe, y ahí se nota lo que se sabía peor de lo que se creía. Si no sabemos decirlo, quizá no tengamos clara su propuesta de valor, y la incomprensión pasa a ser una señal útil para revisar el producto, la estrategia o el posicionamiento. No toda confusión se arregla con una presentación mejor.
Y la culpa no siempre es de quien explica. En clase jugaba con ventaja, porque a muchos ya les gustaba la animación. En producto es habitual que no sea así, y a veces la otra persona no tiene interés o no necesita la solución. Que no te entiendan no prueba que te hayas explicado mal.
Lo que me quedó de aquellas clases
Me gustó mucho enseñar, más de lo que esperaba. Aun así, el diseño multimedia y la creación digital me atraían todavía más, y orienté mi carrera hacia ellos. Era, sencillamente, el camino que más me interesaba.
No quiero exagerar el efecto de unas prácticas tan breves. Tampoco sé qué quedó en los alumnos, si es que quedó algo.
Hoy, desde producto, creo que conseguir que otros entiendan qué pueden hacer con algo, y por qué les interesa, forma parte de construirlo. Si me llevé algo de aquel instituto, aunque tardara años en saber ponerle palabras, fue una pregunta. Cuando alguien no nos entiende, quizá lo primero no sea preguntarnos qué le pasa, sino si hemos sabido explicarnos.
Las opiniones expresadas son personales y no representan la posición de ninguna organización.